Esta mañana está especialmente apestoso el
piso… ¿o seré yo? Demonios, esa opción de dormirme sobre el cartón de jabón
Zote hubiera sido genial, eso si no hubiera estado encima de ese montón de
naranjas a medio exprimir y otras tantas menudencias, en fin, a conseguir el
pan nuestro de cada día.
¡Venga, muchacho, de pie! Vamos ver a Jacinto,
el de las tortas de tamal, porque hoy es viernes y los oficinistas salen a
desayunar, a ver si hoy estás de suerte y te regalan algo.
¿Otra vez llovió ayer? ¡No puede ser,
demonios! Ya sé de dónde viene ese olor, definitivamente soy yo o… ¿será ese
mendigo que está en la esquina? En ocasiones huelen peor que uno, y es que ni
siquiera les gusta mojarse la cara y encima de todo… ¡Madre del Señor! Creo que
ese mendigo ya lleva muerto dos meses. Ignóralo, pasa junto a él pero ignóralo…
¡y no lo huelas!
¡Corre, junto a los oficinistas! Ahí está la
comida, ¡vamos!
¿Y esa cosa que viene por allá, qué es?
Parece como una… ah!! Maldita barredora…
¡Genial! Ahora ni siquiera los ojos de
perrito castigado van a lograr que me den ni medio bolillo así, apestoso,
mugroso y mojado, tendré que irme a echar un clavado a la basura de los
ambulantes de Moneda, en fin, ¡a cruzar el zócalo que no se hace más temprano!
Por lo menos el baño no está ocupado… un
poquito más cerquita, levantamos la patita, y ¡venga!
Vámonos por esta calle para llegar rápido al
mercado de Moneda.
¡Anda! Una güerita, aire seguro al caminar,
arregladita, bañadita y perfumada, “sabroseada” por todos los tianguistas de
por aquí, ¿qué no sabe a qué se expone? A menos que… ¡Una turista!
Ese mapita saliendo de su bolso, esa miradita
extraviada, y ese rumbo tan desorientado como el del vendedor de camotes de los
lunes.
¡El desayuno está servido!
Estos extranjeros siempre suelen ser muy
acomedidos con los animales. Si le pongo ojitos de regañado me da de comer, y
si me tiro de panza en una de esas hasta me baña. Seguro es europea.
Nos paramos aquí, abrimos los ojitos… vamos
muchacho, unas lagrimitas ¡si puedes! y… ¡un pedazo de pan!
Unos cuantos pasitos arrastrados por acá y…
el final del sándwich que se estaba desayunando la “güerita”.
¡No, si me pagaran por leer a las personas! Y
luego dicen que nosotros somos los amaestrados, ¿a quién se le ocurrió esa
barbaridad?
¡Qué buen desayuno! Ahora, al atrio de la
Iglesia. ¿Seguirá mi amigo el carpintero? Se acerca el medio día y seguro irá
por sus tortillas calientitas. Más vale ir a ver porque de otro modo, nos
quedamos sin almuerzo.
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