El diablo y Fausto visitan el DF


El Diablo, lejos de lo que pasa en la novela de Goethe, cita a Fausto en un microbús de la Ciudad de México. Ruta: Pino Suárez – San Fernando. Hora pico. Viernes de quincena. Sudados y apretados, conversan:

-         ¿Así que quiere ser joven por siempre, no es así? – preguntó el Diablo situándose en la parte posterior del microbús.
-         No estaría nada mal – sonrió Fausto mientras lo seguía a la parte trasera – considerando que la juventud es el mayor de los tesoros.
-         Por supuesto ha tomado en cuenta las consecuencias – aseveró sarcásticamente el Diablo.
-         Considerando que soy un alquimista de los más respetados de mi época, que los espíritus acuden a mi llamado cada que los convoco, y que ha sido usted quien me ha buscado, Mefisto, considero grosero que cuestione mi decisión. Además, supongo que el final de esta aventura, lo conoce.
-         Mi querido doctor, si yo tuviera el poder de la clarividencia, como muchos suponen, nunca hubiera retado a Dios, ni tampoco lo hubiera citado a esta hora, ni en esta transportación.
-         No voy a negar que ha sido una pésima decisión de tu parte – volteó Fausto a ver al Diablo – porque si te puedo hablar de tú, ¿o no?
-         Mira Fausto – dijo el Diablo de forma resignada – si ya me empujaron, me robaron la cartera, y me acaban de tocar hasta los cuernos de la cabeza, lo de menos es que me tutees. Pero dime, la decisión que quieres tomar, es por la tal Margarita, o ¿me equivoco?
-         No te equivocas, Mefisto, esa mujer me trae vuelto loco – respondió Fausto sacando la cabeza de entre dos pasajeros que lo estaban apretando – es tan bella, que cuando la veo casi no puedo ni respirar – soltó una carcajada mientras consideraba la ironía de su situación - pero, además de la juventud eterna, ¿podrías otorgarme otro deseo? – ya con voz un tanto suplicante.
-         ¡Pero mira que has salido abusivo! – le reprochó Mefistófeles – además de la juventud y esa mujer, ¿qué más quieres? – preguntó un poco fastidiado el Diablo.
-         Algo me tienes que dar en compensación por haberme traído a este lugar, después de que yo te había sugerido la tranquilidad de mi sala – respondió Fausto un tanto apretado por los pasajeros.
-         Tienes un buen punto, pero… bueno, dime ¿qué más quieres? – concedió Mefistófeles.
-         Me quiero bajar de esto, y que me regreses a mi Alemania tan querida y ordenada – suplicó Fausto.
-         Pues ve apretando el botoncito rojo ése y abriéndote camino, porque de aquí, ni yo con toda mi magia salgo – respondió el Diablo abriéndose paso a codazos entre un vendedor de chicles, y un estudiante de preparatoria.

Juan Carlos García Villegas

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